Sábado, 06 Octubre 2018 14:04

Las alertas de Alés

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LAS ALERTAS DE ALÉS

 

Fue un periodista de los de raza, de aquellos que utilizaban el micrófono para crear mensajes y difundir auténtica magia, quién arrastrado por su interés sobre los temas insólitos y estrechamente ligados al misterio en mayúsculas, lanzó a través de las ondas la que podemos considerar la primera alerta ovni radiofónica. Aquella primera cita al encuentro de otras posibles vidas venidas desde planetas lejanos, se convirtió en un acontecimiento social de dimensiones incalculables, estando al otro lado del aparato de radio aquella madrugada del 15 de agosto de 1979 un total de 11 millones de oyentes congregados a través de la Cadena Ser y escuchando las conexiones y entrevistas que se realizaban en directo desde el programa “Medianoche”.

La mitad de España estaba pendiente del receptor y la otra media, quizá por miedo, quizá por lo intempestivo de la hora, se conformó con sentirse partícipe de las crónicas del día siguiente en los bares, puestos de trabajo, mercados, etc. Aquella insólita emisión quedó registrada en el Libro Guiness de los Records y sirvió como lanzadera no sólo para realizar sucesivas alertas al encuentro de los no identificados sino que además sirvió de germen para que otros profesionales del medio se interesaran por estos asuntos y dirigieran otros programas señeros como “Espacio en Blanco”, “La Rosa de los Vientos” o “Milenio 3”. Pero no podemos olvidar que Antonio José Alés fue el primer presentador en nuestro país que empezó a incluir temas de corte paranormal y misterioso en la radio española y seguro tendremos ocasión para dedicar un monográfico a la figura de este gran comunicador en una próxima entrega.

Hablemos de las llamadas alertas ovni. Por definición podríamos decir que consisten en una llamada colectiva realizada a través de un programa radiofónico, y apuntalada en la actualidad por las redes sociales y otras vías de difusión masiva. Este encuentro utiliza como escusa –discutible o no- la búsqueda de objetos voladores no identificados en la bóveda celeste y el reporte del avistamiento a ser posible durante la emisión en directo del programa de radio organizador de la alerta y si éste fuera registrado una vez finalizada la emisión, incluirlo en el dossier final que por norma se suele elaborar unos días después de la noche de la alerta. Está claro que ya por definición, las alertas ovni carecen de rigor desde el preciso instante en el que se afirma que esos supuestos objetos –que en realidad son aeronaves, satélites, estrellas, cometas, etc.- vienen de otros mundos inexplorados. Es llamativo ver como miles de personas distribuidas por toda la geografía, tienen la esperanza de ver una nave extraterrestre que viene a nuestro encuentro como respuesta a la llamada radiofónica.

A finales de los años setenta, arrastrados por las diferentes oleadas de avistamientos ovni en todo el mundo, los ciudadanos víctimas de la desinformación gubernamental y aún bajo la gris cortina de la dictadura que se extinguía, soñaban con la posibilidad de que hubiese vida en otros planetas. Era la sociedad de la desinformación o por ser más precisos, de la información estratégicamente controlada. Fue en esa década y en la siguiente cuando en España se clasificaron innumerables episodios relacionados con fenómenos ufológicos, impidiendo su estudio por parte de los investigadores en la materia y convirtiendo el asunto ovni en materia reservada. Así, como consecuencia de este secretismo gubernamental y alimentado por las crónicas y narrativas de los ávidos buscadores de respuestas, la sociedad española se sumó de forma masiva a aquellos encuentros o alertas ovni, las mismas que disfrutaron y siguieron muchos de los que ahora se declaran abanderados de la pulcritud y la lucha pragmática al tiempo que etiquetan de locos a los que creen en la posibilidad de vida extraterrestre. De cualquier modo, y ciñéndonos al hilo conductor de este artículo, una cosa es creer en esa posibilidad y otra bien distinta es pensar que vendrán marcianitos subidos en cacharros voladores y para más inri, respondiendo a una llamada radiofónica, acudiendo a la llamada alerta ovni diciendo algo así como “vamos a la Tierra de excursión, que los terrícolas quieren saludarnos”.

Y es que las décadas de los crédulos quedaron atrás y ahora estamos inmersos –para bien y para mal- en la sociedad de la información, en la que a golpe de teléfono podemos conocer el tiempo que hace es Moscú o hacia donde apunta el Dow Jones. Ahora llevamos una cámara de fotografía y video digital en un aparato que no cubre ni la palma de la mano y disponemos del mayor banco de información imaginable a través de la herramienta de Internet.

El concepto de alerta ovni ha evolucionado a la par que las inquietudes humanas. Es cierto que a estas citas acuden algunos cuantos que siguen creyendo que un marcianito con nariz de trompeta vendrá a salvar el mundo, pero estos son la clásica minoría charlatana. Ahora acuden personas bien informadas, conocedoras de las posibilidades reales de que existan otras formas de vida y perfectamente documentados. En su mochila llevan aparte del correspondiente bocadillo y termo con café, ordenadores portátiles con aplicaciones para el seguimiento de satélites y astros y cargan con sus telescopios. A estas citas acuden -cada vez más- astrónomos, matemáticos, periodistas, en definitiva, gente que buscan respuestas en complot con la ciencia ortodoxa y no con mentideros de pacotilla y cuentos de consumidores de hierbas varias.

Las alertas ovni a día de hoy son más un encuentro entre desconocidos para compartir inquietudes y debatir sobre diferentes hipótesis y teorías del ámbito de lo insólito. Ahora el oyente y lector medio no se deja embaucar por la retórica y las líneas parlanchinas. No es un ignorante el que acude a estas citas, y de ellas como mínimo se obtienen nuevas experiencias y relaciones humanas. Quizá pueda ser tachada de herejía la creencia de que existe vida más allá de la Tierra, pero no puede serlo que cientos de miles de personas salgan al encuentro del aprendizaje y la permeabilidad informativa que en otros estamentos sociales escasea. Posiblemente ha llegado la hora de cambiar la denominación de origen de este tipo de encuentros, ya que al final los ovnis no son el eje central y si lo es la observación y el conocimiento de nuestro cielo más allá de conceptos ufológicos.

Decía Antonio José Alés: “Tan sólo agradecer a los OVNIS, que con su misteriosa presencia habían conseguido el milagro de unir, bajo los invisibles lazos de la radio, a once millones de personas. Aquella noche cualquiera del 14 de agosto, no hubo observadores solitarios, todos los que buscaron las luces en los cielos de España, sabían que en la casa de al lado, en el pueblo cercano, había otros hombres y mujeres que, como él, levantaban su vista al espacio infinito. Los OVNIS nos ayudaban a subsanar, por unas horas, la más grande enfermedad del hombre de la Tierra: la soledad.”

Si este tipo de eventos sirven para que haya personas que se sientan menos solas a través del aparato de radio o acudiendo a la montaña, playa o en la azotea de los vecinos, entonces el invento de Alés habrá tenido algún sentido.

AntonioJoséAlés Interior

Publicado en Crónicas Atlantes