Miércoles, 25 Enero 2017

SER POBRES EN UN MUNDO DE POBRES

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Luisa Chico

 

LuisaChico PicDe todos es sabido que ser pobre no es nada fácil. Al menos en esta sociedad que nos ha tocado vivir donde el “tener” va unido al “ser”, y para “tener” lo primero que hay que tener es dinero (¡Ay Dios! Sonó casi a trabalenguas pero es la realidad pura y dura).

Y no me estoy refiriendo a ser pobre de mendicidad, de sin techo, de mugre y olor a meses sin duchar, de cartones en un banco del parque, de mano extendida desde cualquier acera, me refiero a ser pobre porque tu salario básico solo contiene dos ceros y escasamente consigues sobrevivir cada mes.

Cuando eres este tipo de pobre pasas desapercibido para la mayoría de la gente porque no das el cante con tu aspecto, tu olor, o tus palabras, pero solo tú sabes lo que cuesta el día a día de la pobreza aunque esta no raye en la indigencia.

Para empezar, conseguir esas escasas tres cifras ocupa tanto de tu tiempo que el concepto tiempo libre casi ni existe para ti; pero si lo tuvieras, poco podrías hacer con él puesto que la mayoría de opciones de ocio son de pago y claro… tú no tienes dinero para gastar.

Si tienes la mala suerte de caer enfermo, ¡pobre de ti! Porque el Gobierno, que se supone debería velar por nosotros y nuestro bienestar, ha decidido recortar hasta lo indecible esas ayudas sanitarias. Con suerte sobrevivirás a la enfermedad, pero eso será solo si consigues una cita médica a tiempo y un galeno que ese día haya recordado la vocación que lo llevó a estudiar medicina. La medicina privada, por supuesto, para las personas con tres cifras en el sueldo es prohibitiva.

Sobre la educación de nuestros hijos ya es que no quiero ni hablar, hasta los maestros sienten vergüenza por lo que se ven obligados a hacer en las aulas cada día. Por lo caduco e inservible de las directrices a seguir. Por ese «educar» de borregos que deben impartir día tras día. Pero es que claro, la educación nos hace libre pensadores y eso… no le interesa a ningún Gobierno.

Ser pobre en un mundo donde los pobres son mayoría y la opción de intentar cambiar eso pasaría por el derramamiento de sangre que todos tememos, nos hace clónicos, grises, anodinos, depresivos, tristes. Y aprendes a bajar la vista para no ver en tu entorno aquello que no quieres ver. Las casas deterioradas del barrio marginal donde vives, ese al que los taxistas no quieren ir por la noche aunque tú debas cruzarlo con las manos en los bolsillos y el susto prendido en el alma. Si miras al suelo te evades de ver los rostros opacos de tus vecinos, rostros donde el desencanto y el dolor pone un rictus de amargura en unos labios que seguramente ni han podido comer caliente las veces al día que según los señores que «cuidan de nuestra salud» dicen que habría que comer para estar sano, ¡qué sabrán estos señores con sus maravillosos sueldos de cuatro cifras lo que cuestan los alimentos necesarios para estar sano! Y vuelves a bajar los ojos para no ver esos rostros que contienen ojos que la droga ha vuelto vidriosos, febriles… y sin casi darte cuenta aferras el bolso que contiene lo que va quedando de tus tres cifras temiendo estar en ese momento en el lugar inadecuado a la hora inadecuada, esa en que la necesidad les ciega y van a por todas.

Ser pobre en un mundo de pobres no es fácil. Salvo que tu interior sea rico en aquello que los poderosos probablemente ni conozcan, y si lo hacen hasta te envidien por poseer algo que ellos nunca tendrán porque no lo da el dinero ni el poder, ser ricos en amor, en amistad incondicional, en generosidad, en alegría, en… vida.

Esa vida que hace que el pobre levante los ojos del suelo para mirar a ese cielo azul que le llena de cálida luz, y es gratis; que ensanche su pecho llenando sus pulmones de un aire que en las islas todavía se puede respirar sin miedo, y es gratis; que se sumerja en el mar dejando que este le impregne de salitre y yodo, que sigue siendo gratis; que se tumbe un rato a la sombra de los pinos, cada vez que tiene ocasión, porque eso también es gratis. Que sus oídos escuchen música, sus manos aferren libros, sus pies dancen sin parar… ¡hay tantas cosas que podemos disfrutar y son gratis!

Y ricos por fin, con el alma libre, las manos dadivosas, un techo sobre nuestras cabezas y un plato de comida en la mesa, asumimos ser unos privilegiados por tener esas tres cifras que alfombran nuestros pasos pudiendo sentirnos agradecidos y generosos. Y ya no le pedimos al taxista que nos acerque hasta nuestra humilde casa, para que no corra ningún riesgo, sonreímos al drogata de turno cuando nos cruzamos con él en la calle, y en ocasiones hasta dejamos unas monedas en alguna de aquellas manos de los que han tenido menos suerte que nosotros. Y leemos, cantamos, bailamos, siendo capaces hasta de crear una orilla virtual desde la que hablarle al mundo (si es que hay alguien en ese mundo con interés y tiempo suficiente para pararse a leerle) Simplemente, seguimos adelante y vivimos disfrutando cada rayo de sol hasta donde nos lo permiten nuestras tres cifras y las ganas de vivir.

Ser pobre en un mundo de pobres no es fácil pero solo tú puedes hacer que ese mundo sea interesante para transitar por él. ¿Me acompañas?

Modificado por última vez en Martes, 24 Enero 2017 21:02