Viernes, 24 Marzo 2017
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MUJERES EN LA FRONTERA

 
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Fabio Carreiro Lago

MUJERES EN LA FRONTERA

 

(Gáldar, 1526)

 

 

     Doña Catalina de Guzmán tiene la vega de Gáldar a sus pies, hay en la nueva ciudad quién incluso la llama irónicamente “la reina del azúcar”. Por supuesto a ella ese sobrenombre no le hace ninguna gracia, a la hija del que fuera Guanarteme el Bueno le parece una intolerable falta de respeto de sus vecinos. Y no es porque la princesa no tenga sentido del humor, que lo tiene, pero es que ese tipo de bromas con su pan no le gustan, los negocios son los negocios. La señora del cañaveral de Taya y del palmital de Guía, entre otras muchas propiedades, la rica viuda del noble castellano don Hernando de Guzmán –de quién tomó el apellido- salió apresurada de su casa aquella mañana de abril. Pero no se disponía a atender asuntos de negocios, si no que acudía a visitar a su prima doña Luisa de Bethencourt. Para Catalina su querida prima Luisa siempre había sido como una madre, como una cómplice hermana mayor, de quién recibir consejos y cariño, a la que no perdía ocasión de demostrar su afecto. Pero aquella mañana, con su riguroso luto del que nunca se desprendería ya, como un pájaro de mal agüero, llevaba malas noticias a su casa, tristes noticias.

 

     Catalina caminaba afligida hacia la cercana vivienda de su prima. Como ambas pertenecían a lo más granado de la sociedad del Gáldar de entonces, vivían en el entorno de la plaza y de la iglesia de San Pedro, muy cerca la una de la otra.

 

     Escultura de Catalina en Agüimes, realizada por Beatriz de la VegaLa pasada noche Catalina había recibido una visita turbadora que le había impedido dormir. Había llamado a la puerta de su casa a intempestivas horas, vestido con un modesto hábito y encapuchado para protegerse de las molestas lluvias Blas Rodríguez. Consternada, Catalina había recibido de boca de éste la noticia aciaga: a su apreciada prima de su mismo nombre, recibido durante su bautismo a semejanza de una de las hijas menores de los Reyes Católicos, Catalina Fernández, ya no podría verla más en la presente vida. Tras pasar largos y pavorosos días en la frontera entre la vida y la muerte a causa de haber contraído la enfermedad de la pestilencia, que asolaba la isla, había encontrado la muerte en la villa de Agüimes.

 

     Blas Rodríguez sostenía las manos de Catalina entre las suyas cuando le dio la noticia y sus ojos se inundaron de lágrimas. El bueno de Blas Rodríguez era un canario de los suyos, el tercer esposo de su prima, que había formado una familia completamente alegal y desestructurada, pues los dos maridos anteriores aún vivían y había tenido hijos de todos ellos y cada cual había tenido que apañarse como había podido. Era un buen hombre Blas, un hombre sencillo pero sin valor, aunque había intentando poner orden en el caos y hubiera amado a su prima como ningún otro, y la comprendiera, con lo rarita que era. Él hacía todo lo que ella quería de él, de sumiso, de bondadoso que era hasta se había dejado arrastrar por el fervor de su prima en sus últimos tiempos y se había echado a los caminos para pedir limosna por las almas del purgatorio hasta llegar a Agüimes, donde nos recibió caritativamente una de las sobrinas de mi esposa doña Catalina Garra de Urúspuru, que la atendió con gran humanidad en sus últimas horas y se encargó de llamar a un médico -inútilmente para que buscara un remedio para su mal-, a un sacerdote –para que velara por su alma y que pudiera morir en paz- y después de encontrarle una sepultura en la ermita de San Sebastián, acorde a su condición y a las circunstancias en que nos encontrábamos, relató Blas Rodríguez con una expresión de infinito cansancio, porque yo me encontraba completamente perdido. Y así estoy, perdido sin ella.

 

     La cuestión es que además, hasta el último maravedí de las limosnas que habían recogido se lo habían fundido en su propio mantenimiento, porque se encontraban un tanto arruinados por la prodigalidad y la exaltación religiosa de su esposa y el bueno de Blas, que no había sido capaz de contrariarla nunca, menos aún en momentos tan penosos, andaba atormentado con eso y no sabía a quién pedir ayuda con aquellos gastos: enterramiento, notaría y testamento, misas y ceremonias varias. En otros años, que los tuve mejores como bien sabes, le confesó Catalina, muy gustosa hubiera podido ayudarte y así me gustaría hacerlo por la memoria de mi prima, pero cada vez mi economía es más precaria, tengo algunas deudas, se excusó. Pero también he de decirte que me consta que a mi prima le quedaban algunos bienes, tal vez hipotecados, de los que deberás hacerte cargo y repartirlos entre sus hijos. En cuanto a su alma, no has de preocuparte mi apreciado Blas, nuestra Catalina ha de subir directa al Reino de los Cielos, era la única buena cristiana de esta familia, una mujer especial, querida y recordada hasta en la Corte castellana, donde fue menina.¡Era tan inteligente! De nosotras era la única que aprendió a escribir.

 

     De todo esto dio completa relación Catalina a su prima Luisa cuando llegó a su casa, tras decirle es mejor que tomemos asiento para la noticia que te tengo que dar, la cual sumió a Luisa presa de una gran desolación. Después ella misma convino en que ambas rezaran al Dios nuevo y, por si acaso y por no saber cuáles eran de todos los verdaderos, también a los dioses antiguos, los de sus padres. En la intimidad, a veces, practicaban algunos de sus viejos ritos y cultos, pues nunca habían olvidado a los dioses perdidos, derrotados, que aún sentían que albergaban escondidos en el corazón.

 

     Nuestra prima siempre tuvo el seso un poco blando, comentó al acabar los rezos Catalina. ¡Con lo bien que le podía haber ido la vida y echarse a perder así! Mira que casarse tres veces sin ser viuda. Para la fe no, pero para lo que le interesaba bien que reivindicó nuestras costumbres, confirmó Luisa. Ellas eran viudas y ninguna había vuelto a casarse de nuevo, ni pensarlo a sus edades, además, más o menos habían estado satisfechas con los matrimonios que les habían tocado en suerte.

 

     Ilustración sobre la entrega de las princesasSi pero hay algo más prima, la noche que se dispuso a morir, con toda dignidad a pesar del dolor de su maltrecho cuerpo, como me contó el bueno de Blas, confesó al sacerdote que había acudido a administrarle los últimos sacramentos… ¡Que horroroso! Interrumpió Luisa, es horrible eso de los últimos sacramentos. Si, horroroso, horroroso, ¿Pero sabes lo que pasó? Pues que le confesó al sacerdote un terrible crimen. La cara de su prima se desencajó. ¿Cómo es eso? Se ve que la llegada del sacerdote la alteró mucho en un primer momento, pero después parece que se calmó y empezó a delirar. Yo maté a la niña, la niña de los rubios cabellos vestida con pieles gamuzadas. Nuestra prima era toda pupas y llagas, su piel una extensa herida, una mezcla sanguinolenta, consumida por la fiebre se le hundían los ojos en las órbitas, la voz se le quebraba –así me lo contó Blas con todo lujo de detalles- pero quería exculpar a ciertas personas de aquel asesinato: No fueron mi padre, ni los caballeros castellanos. ¡Sólo faltaría que se pusiera a acusar a alguien de un crimen en el lecho de muerte! Fui yo quien la mató, dijo la pobre loca, espero que Dios pueda perdonarme. Se encuentra completamente delirando padre, sugirió la sobrina tomándole la mano a su querida tía, tras aproximarle un paño húmedo y fresco en la frente. El sacerdote la miraba compasivo. Todo después fueron  suspiros y quejas. Porque siento una culpa y una pena muy grande en el corazón. Y luego parece ser que quedó sumida en un sueño dulcemente.

 

     ¡Confesó haber matado a una niña! Exclamó finalmente Catalina angustiada. ¿Lo puedes creer? Nuestra prima vivió toda la vida con ese remordimiento, obsesionada por un hecho del que nunca habíamos oído y cargando una culpa que tal vez fuera más allá de lo racional y que nos explique ahora el porqué de tantas penitencias, tanto fervor por la Cruz.

 

     ¿No la entiendes, Catalina? Preguntó la prima Luisa. ¿No entiendo qué? ¿A qué te refieres? ¡Ay, a la que se le ablanda el seso es a ti, mi querida prima! Que nos hacemos mayores, hemos llegado a viejas y nos ha llegado la hora de morir, Catalina, pero no hemos de afligirnos, porque hallaremos consuelo en el próximo encuentro con nuestros antepasados, dijo Luisa con serenidad. Comprendo muy bien a nuestra prima y tú también deberías comprenderla. Es curioso, a medida que he ido envejeciendo y han ido mermando los sentidos de la vista, los oídos… Recuerdo mejor a las niñas perdidas que fuimos, mi querida Arminda, permíteme llamarte así hoy, han ido apareciendo esas niñas que jugaban en las cuevas, más claras en mis pensamientos y mis sueños. ¿Cómo pudimos olvidarlas? ¿Cómo pudimos ser tan crueles con ellas? No dejarles ni un mínimo resquicio en nuestras vidas fue injusto, las abandonamos en aquella frontera, en aquel ardoroso encuentro entre dos mundos en el que han transcurrido nuestras vidas, aparentemente dulces como el azúcar que nos ha enriquecido, siempre perdidas entre la nostalgia de lo viejo, lo perdido y la emoción, la extrañeza de lo nuevo. Bien comprendo a nuestra prima, todas tuvimos que matar a esas niñas que fuimos para sobrevivir. Si acaso mi marido me tocaba una mano y yo sentía un irrefrenable deseo y amor por él, eso le ocurre a cualquier mujer y no debí sentirme culpable, ni tú tampoco. ¿Cómo no iba a fugarme de regreso a Lanzarote para regresar con mi marido? Y siempre me protegiste Arminda, nunca admitiste haber escuchado la puerta de nuestra habitación y si los perros no ladraron fue porque nadie vino a secuestrarme, me fui por propia voluntad, que supiste respetar aunque no compartías. No se nos puede culpar de nada, de haber estado enamoradas aunque sintiéramos que con ese amor traicionábamos a nuestro Pueblo e, incluso, a nosotras mismas. Poco es lo que podemos hacer las mujeres, seamos princesas o mujerzuelas, e incluso los hombres frente al supremo desafío del tiempo. No he creído nunca que podamos salvarnos de semejante abismo, ni siquiera del desconsuelo cuando una ha perdido ya tanto en la vida, hasta la propia vida y aún así seguimos adelante. ¿A qué niña pudo asesinar nuestra prima? Esa niña no pudo ser otra que ella misma.

Modificado por última vez en Jueves, 23 Marzo 2017 19:25