Viernes, 17 Marzo 2017

LA DAMA

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Fabio Carreiro Lago

LA DAMA

(Playa de Chimisay, Tenerife, 1397)

 


     La dama desde su avanzada situación en la proa del navío apenas escapaba del furor de las olas. El agua alcanzaba sus pequeños pies calzados sólo con un chaplín encarnado. Se protegía de las salpicaduras de espumas desde el cuello a los pies con su túnica dorada y con un empapado manto azul oscuro del color del océano, decorado con flores o estrellas de oro. En el cinturón que ceñía su talle, en el cuello del manto, en las mangas y a los pies de la túnica había bordadas unas misteriosas iniciales. Su rubia cabellera no se agitaba frente a los fuertes vientos que soplaban y le caía delicadamente sobre los hombros. Su hermoso rostro ovalado, con su boca pequeña y delicados labios no expresaban la más mínima emoción o queja. Sus ojos rasgados no parpadeaban, desafiantes frente a las nubes negras que se avecinaban. Y así permanecía majestuosa e inmóvil como si se sintiera a salvo de cualquier peligro, como si fuera consciente de la divina misión a la que estaba predestinada.

 

     Barco2Cuando el barco en su desorientada travesía por el Mar Océano cruzó frente a la isla del Pico se desató la anunciada tempestad. Los navegantes habían decidido acercarse a tierra a buscar refugio, sintiéndose confiados sabiendo que la dama estaba allí. Al fin y al cabo, las mujeres tenían unos poderes sobre la mar que les estaban negados a ellos por su condición. En la Antigüedad, en tiempos de los romanos ¿no era Plinio quién decía que “en el mar puede apaciguarse una tempestad si una mujer se desnuda en la proa del barco”? Por desgracia la dama, como correspondía a un navío de una nación cristiana estaba decorosamente vestida y desnudarla era algo impensable y, por otra parte, realmente imposible.

 

     El apogeo de la tormenta se produjo cuando se aproximaban a la costa y desbarató enseguida los palos y velas de la nave, encallaron en una baja y se abrieron fugas en el casco, la cubierta fue rebasada por las olas y en pocos minutos la embarcación terminó yaciendo en el oscuro y pedregoso lecho del mar. Asombrosamente la dama que no sabía nadar, pero parece que tenía el coraje y la fortaleza suficientes para no hundirse, o al menos buenas habilidades para mantenerse a flote, se convirtió en la única superviviente del naufragio junto con algunos barriles y maderos que emergían a la deriva.

 

 

     Por la mañana las corrientes la arrastraron hasta una playa de arena negra.

     En las proximidades de la playa unos hombres bastante rústicos vestidos con pieles la encontraron al mediodía. Conducían sus rebaños de cabras y ovejas cerca de la desembocadura de un amplio barranco para guardarlos en unas cuevas junto al mar que usaban como corrales cuando vieron a la dama. Al principio los hombres se asustaron ante aquella mujer tan extraña, bajita, con la piel y el cabello claros y una vestimenta colorida pero recargada y estrafalaria, a su modo de ver. Debía ser extranjera. Luego, como su ley les prohibía hablar con mujeres que se encontraran solas en los caminos, le hicieron señas con las manos y los bastones para que se apartara y les dejara paso. No entiende nuestro idioma, dijo uno de los pastores. Al cabo del rato, el otro, que era un poco bruto e impulsivo, incluso le arrojó un canto que cogió del suelo a la dama, pero que por suerte no la alcanzó. Ella además de desatender sus gritos parecía tan desconcertada como los pastores con el inesperado encuentro y paralizada no había intentado apartarse, como confiada en que no le alcanzaría el lanzamiento, pensaban ellos. No eres muy hábil, se rió el otro pastor de su amigo. Después los dos pastores se pusieron a reñir, no dejaban de cuestionarse cómo una simple mujer, por muy extranjera que pareciera, al menos en su aspecto, sin querer mostrar demasiados prejuicios, se atrevía a ignorar las órdenes de un varón.

 

     Virgen2Temerosos se fueron acercando a ella que los miraba impasible pero con unos ojos cálidos, inteligentes y brillantes. El perro que los acompañaba y les ayudaba en la dura labor de pastoreo ladró a la dama con fingida fiereza, luego volvió a sus asuntos de organizar a su troupe de cabras y ovejas y llevar por buen camino a las más descarriadas. Respecto a las cabras y ovejas, por su parte, fieles compañeras seguían su recorrido habitual, aunque algunas se arremolinaban en torno a la dama, como si también fueran partícipes del desconcierto, mientras que los pastores no se atrevían a seguir a las más obstinadas hasta las cuevas cuyo paso les cortaba la dama.

 

     La mirada de ésta les detenía, aunque habían ido avanzando lentamente hacia donde estaba. Desde cierta perspectiva, sus ojos les remitía a la frialdad del hielo de las cumbres y el más tosco de los dos pastores lo interpretó como un desafío. De manera que aunque con su acción vulneraba las normas de hospitalidad, sacó su cuchillo de obsidiana, fue hacia ella y trató de herirla, mientras su compañero le gritaba intentado impedir aquel acto despiadado inútilmente. Por fortuna el cuchillo resbaló por el duro manto y terminó por lastimarse el propio atacante en su brazo, del que comenzó a manar sangre en abundancia. ¡Maldita mujer! ¡Malditas sean todas las mujeres! Gritó aullando de dolor. Su compañero no paraba de reírse, aunque en su corazón también sentía compasión por el bobo de su amigo, aunque luego, por encima de todo, miraba a la dama impasible y una enorme turbación le invadía.

 

     La rodearon por la espalda, alejándose un poco de ella y comprobaron como en el lomo la dama tenía unos agujeros, heridas profundas que no parecían causarle dolor alguno. El pastor más bruto después de dudar y discutir con su compañero, que parece ser que no le quería todo lo bien que debería recomendándole algo de prudencia, al contrario, lo alentaba en su irreflexión, se atrevió a meter los dedos en las hendiduras clavándose una astilla. Comenzó a gritar nuevamente ante la sorpresa y el dolor. ¿Pero que pasa amigo? Se llevó el dedo a la boca, le sabía a sal. ¡Esta mujer ha venido de la mar! Dijo con una adorable ingenuidad, sabe a sal. ¿Y de dónde iba a venir? Preguntó el otro, ¿volando como las aves, como nuestros antepasados? Entonces a éste último, más espabilado, le vino un flash de que podía haber algo prodigioso, sobrenatural en aquel encuentro fortuito. Pero una revelación tan notable ¿Por qué a él y al bruto de su amigo y no al Mencey? Pensándolo mejor, ¿Por qué no iba a ser el digno de un hecho portentoso? Desde luego no parece que sepa hablar o caminar, apuntó su amigo que analizaba la situación desde un punto de vista más terrenal. ¿Y crees que está viva? Preguntó finalmente asustado ante lo que era incapaz de comprender, mientras se quitaba la astilla del dedo.

 

     Estaba claro que la dama no era una mujer corriente. Había que guardar el ganado para evitarse problemas con el Mencey y correr a avisarlo de aquel milagroso encuentro. Él decidiría, como siempre, como proceder con cualquier eventualidad, en este caso, con una visita extraordinaria.

 

     Esperaban que al volver, ella siguiera allí.

 

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Modificado por última vez en Jueves, 16 Marzo 2017 18:59