Viernes, 10 Marzo 2017

LAS ÚLTIMAS SIRENAS

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Fabio Carreiro Lago

LAS ÚLTIMAS SIRENAS

(Isla de Lobos, 1403)

 

Se encontraba Gadifer de la Salle en grave apuro de hambre y sed tras tanto tiempo en el islote desértico de Lobos, pero por su irreprochable rectitud moral y tal vez por algo relacionado con la represión sexual de su infancia, sobre todo sentía un profundo bochorno tras el episodio de las últimas sirenas.

En aquel lugar desolado el malvado Bertín de Berneval y sus secuaces lo habían abandonado llevándose su batel, mientras él y sus hombres habían decidido emprender la caza de lobos marinos para proveerse de pieles con las que fabricar calzado. Así había descubierto el amargo sabor de la traición.

Lo primero que hacía Gadifer cada mañana al levantarse, con un ansia casi animal, era retorcer el paño de lino que dejaba todas las noches sobre la techumbre del chamizo donde se refugiaba para recoger el rocío de la noche. ¡Esta isla es tan seca, solo lava, es pura escoria de volcán! Protestaba indignado. Aquellas gotas de agua que atesoraba el paño apenas calmaban la profunda sed de su boca y su garganta heridas, resecas. ¡Hay que buscar agua! Había ordenado a algunos hombres durante los primeros días, luego se rindió ante la evidencia. ¡Hay que buscar leña! ¡Hay que buscar comida! Todas sus órdenes llevaban a infructuosos resultados que habían minado seriamente su moral. Allí no había fuente ni árbol alguno, sólo lobos marinos y peces merodeando las orillas como potencial alimento ¿Cuántos días llevaban allí? ¿Cuántas semanas? ¿Tal vez meses? Bajo aquel duro sol, un día tras otro, y en aquellas condiciones era muy fácil perder la noción del tiempo.

Tras apurar aquellas humildes gotas de agua pura, Gadifer se aventuró por el camino del embarcadero. Tenía los ojos hundidos, la tez quemada y pegada a los huesos de la cara, los labios pelados, la barba muy crecida y descuidada. La arena cálida iba envolviendo sus pies descalzos a cada paso, la sed es verdaderamente espantosa, necesitaba distraer su reiterado pensamiento, la búsqueda de una fuente clara. Era todo lo que necesitaba: agua. Hay momentos en los que ha pensado que no puede más, que no va a poder resistir. Pero aún con la visión borrosa, el corazón sigue latiendo y los pulmones insuflando aire. No, tampoco esta mañana se ven velas entre las olas, un barco que venga a sacarlos de allí, se lamenta con la mano a modo de visera oteando el horizonte. Cada vez estaba más convencido de que arriesgarse en aquella aventura había sido una decisión equivocada, un completo disparate.

     CanarienSin embargo cuando se embarcó, lleno de ilusión, aquella travesía le había parecido lo más razonable. Es lógico que de tanto oír relatar las grandes aventuras, las hazañas y proezas de quienes en el pasado emprendieron viajes y conquistas de tierras míticas o contra los infieles, nacieran en las febriles mentes de dos jóvenes amigos y dignos hijos del reino de Francia los deseos de emular aquellas grandes gestas reales o imaginarias.

Además era un tiempo oscuro, deprimente, el que les había tocado vivir, en plena Guerra de los Cien años, aunque en ese momento se había decretado una tregua y todavía no había recibido dicho nombre el conflicto, al que aún le quedaban unos cuantos años para cumplir el siglo que rebasó ampliamente. Pero había arraigado en ellos la necesidad de huir. ¿Hacia dónde dirigirnos? Preguntó Gadifer, uno de los dos amigos una tarde casi de broma, no muy convencido de que a veces los sueños llegan tan lejos que terminan por convertirse en realidad. Relatos de Petrarca y Bocaccio hablan de unas islas cerca de África… Comenzó a divagar Jean de Bethencourt, el otro amigo, consultando un portulano qué a saber de donde había sacado.

Como en este mundo la riqueza es desigual y hay quien tiene mucho y quien tiene poco y quien tiene mucho a menudo no sabe que hacer con tanto y está dispuesto a financiar las más locas aventuras a cambio de más fortuna o por puro entretenimiento, pues a veces la vida puede ser sumamente aburrida, lograron que un rico y atolondrado comerciante les financiara su aventura. Además, las gestiones de un primo de Jean, Robín de Bracamonte, un conseguidor de la Corte del rey Enrique III habían sido fundamentales para lograr las autorizaciones pertinentes. Robín era un personaje nada recomendable, del todo corrupto y corruptor, nada de fiar en opinión de Gadifer. Pero en Jean de Bethencourt, su amigo, si confiaba con los ojos cerrados y en consecuencia, se había dejado llevar por él.

Ya la cosa no empezó demasiado bien, convenía recordar, las Crónicas exagerarán en el futuro para dar más realce a su valor de conquistar territorios infieles y a su esperanza para convertir y guiar a sus habitantes en la fe católica, alcanzando de paso ellos la virtud y la vida eterna, tras una juventud un tanto disoluta en el caso de Jean. Para empezar les fue imposible que se alistaran los 280 hombres, que por error o exageración para justificar la hazaña, los cronistas citarán. Esa escasez de hombres repercutiría en la misión, casi divina que se habían impuesto. Por si fuera poco, la calidad de estos hombres no era la mejor, dicho esto con un prudente respeto: soldados de fortuna, aventureros y ambiciosos colonos conformaron la tripulación. Pendencieros y bulliciosos, en el reducido espacio de las embarcaciones los altercados fueron la nota predominante de toda la travesía, hasta que finalmente en Cádiz un buen grupo decidió abandonar el proyecto. Lo cierto es que los amigos, tanto Jean como Gadifer, sufrieron con esta acción alivio pero también el peso de la incomprensión y la ingratitud del que ya no podrían desprenderse en todo el recorrido.

atardecerLas condiciones del mar tampoco fueron precisamente favorables, con ello se podría convenir que pareciera que Dios no estuviera del todo de su parte, algo incomprensible, en cuanto elevar su gloria y buscar su favor salvando almas y acrecentando sus fieles y su prestigio, era su objetivo fundamental. Los vientos contrarios dificultaron la navegación prácticamente desde que salieron de La Rochela hasta que llegaron a la localidad gallega de Vivero, de donde partirían a La Coruña para aprovisionarse y donde tuvieron ciertos percances que conviene olvidar. Después siguieron la costa de Portugal hasta Cádiz donde ocurrieron graves inconvenientes que no procede relatar pero que casi impiden continuar su travesía. Por si fuera poco, una vez que al fin se habían adentrado en el océano una calma chicha les dificultó el avance de las naves. Fue necesario hacer numerosas rogativas y oficiar misa a la Virgen en cubierta, tras la cual llegaron al puerto de La Graciosa en sólo 5 días. Ya entonces escaseaban los víveres.

Ese fue otro de los problemas de la expedición y del que tanto se quejaron algunos de los desertores. En el puerto de La Rochela guardaron numerosos libros y pergaminos a petición de los capellanes que eran aficionados a las novelas de caballerías y al parecer también a la escritura, aunque justificaron aquella carga con un fin didáctico. Algo tramaban aquellos dos capellanes, Verrier y Boutier. Habían argumentado tímidamente que tenían interés en poner por escrito aquella hazaña como se acostumbraba a hacer antaño. A Gadifer lo cierto es que le parecieron unos hombres bastante ociosos, más preocupados en vivir aventuras que en salvar almas, pero no había tenido oportunidad de reclutar a unos religiosos más piadosos y afines. Además habían cargado en las bodegas de los barcos un número indeterminado de barricas de agua, 36 pipas de vino, suficiente bizcocho y sacos de harina aparentemente para afrontar una travesía de larga duración, carnes saladas y gallinas y otras muchas provisiones que luego resultaron no ser tantas como habían pensado y el hambre acechó como acechaba ahora a Gadifer en Lobos. Además habían estibado, como era de esperar en una empresa espiritual como aquella, artillería y armamento, sin olvidar una pequeña talla de la virgen hecha en alabastro y otros objetos propios de la liturgia cristiana.

Fue en los días de calma chicha cuando hablaron por primera vez de las sirenas. Desde antiguo se sabe que en un remoto islote de las islas a las que nos dirigimos viven las últimas sirenas… Contaba el capellán Boutier mientras le guiñaba un ojo a Gadifer. François, uno de los jóvenes soldados pidió ansioso que le contara más sobre las sirenas. ¿Quiénes son las sirenas? Las sirenas son mujeres muy bellas pero que tienen cola de pez… Y cuyos cánticos atraen a los marinos a la perdición, aclaró el capellán. En las playas de las islas a las que nos dirigimos viven las últimas porque es un buen refugio, un lugar apartado y solitario. Algunos navegantes de los que tenemos noticia dicen que fueron atraídos por sus cantos, por supuesto Ulises… Aclaró el capellán, Y se dice que el mítico rey Juba de Mauretania entregó las hermosas pieles grises de dos sirenas al templo de Cartago. Bueno, modérese  con esas historias de infieles, le interrumpió Gadifer, que las sirenas de existir no han de ser tan hermosas como nos han contado las leyendas. Hay quien ha pensado que no son sino lobos marinos, pero esto último no lo dijo por no alimentar la polémica. Gadifer íntimamente estaba preocupado con aquellas historias que alentaban la imaginación de unos hombres inclinados en aquellas condiciones a actitudes del todo pecaminosas, incluyendo por supuesto, la sodomía.

Sois demasiado bromista y fantasioso, recriminó después Gadifer al capellán. Y vos sois muy escéptico señor Gadifer, respondió éste, Como si no aceptara los seres maravillosos y fantásticos de la Creación y dudara de la imaginación portentosa del Señor.

Ahora aquel viaje parecía soñado de tan lejano. Gadifer se sacudió el polvo del cuerpo. Los refugios que habían construido precariamente con piedras y barro a duras penas les protegían del frío nocturno y de los fuertes vientos oceánicos que cruzan y azotan la desolada isla ¿Cómo ha podido sobrevivir a este abandono, a la cruel traición de Bertín de Berneval aprovechando que Jean de Bethencourt se había ido a Castilla en busca de ayuda económica para continuar esta aventura? No puede haber un hombre más malvado que Bertín de Berneval, rumiaba el capellán Boutier con tono afectado, ni el mismo Diablo. ¡No exagere! Rechazaba Gadifer. Tiene que haber una explicación razonable para todo esto.

Gadifer era un tanto ingenuo aunque en su fuero interno supiera la verdad y procuraba parecer un hombre paciente y cabal. De todas formas las circunstancias no se lo ponían fácil y a veces había tenido que dejar salir su vena más despótica para mantener la autoridad y el ánimo y la cordura de todos sus hombres: A partir de hoy sólo podrán hacer sus necesidades debajo de tal arbusto (una tabaiba gigante que había cerca), Desde ahora queda terminantemente prohibido beber de los charcos junto al mar, Queda terminantemente prohibido acercarse de noche a la playa… Decisión que había tenido que tomar por culpa de las últimas sirenas.

 No eran tan hermosas como le habían dicho, desde luego que no, se quejaba el joven François al que habían encontrado desnudo y dormido una noche abrazado a una de ellas. Son bastante feas y robustas. Y no proferían ningún canto, se mantenían en silencio. De hecho, de cerca no parecían si no lobos marinos, farfullaba, los mismos cuya carne nos alimenta y cuya piel nos sirve para fabricar zapatos. Pero son sirenas, ¡Son sirenas…! Exclamaba el pobre alucinado, ¡Insaciables sirenas!

Los efectos del agua salada y la insolación, dictaminó Gadifer, y de sus historias, le reprochó al capellán, mire a donde nos han llevado. ¡Si hasta hemos tenido que comer carne en cuaresma! Ha perdido la noción de tiempo, ¿Cuándo hemos estado en cuaresma? Se cuestionaba el capellán. Este tipo lo que es un tonto de remate, se quejaba después Gadifer, cuando dejaron al joven François acostado por la fiebre en un lecho de hojas dentro del chamizo. Bebió del charco, claro, ¿Cuántas veces tendré que repetir que está terminantemente prohibido beber de los charcos?

Pero es la sed, ¡La maldita sed! Se lamentó Gadifer nuevamente en el camino del embarcadero. Necesitaba aire fresco que calmara su rostro quemado. ¿Pero que era aquello? No podía ver lo que creía… ¿Era un espejismo? A lo lejos, entre las olas, una sombra parecía la silueta de un barco.

 

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Modificado por última vez en Jueves, 09 Marzo 2017 21:20

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