Viernes, 03 Marzo 2017

CORRESPONDENCIA EN MEIRÁS

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Fabio Carreiro Lago

CORRESPONDENCIA EN MEIRÁS

(Sada, A Coruña 1890)

 

 

     Tu condesita ha pasado algo de frío esta noche, miquiño mío del alma, me he debido destapar sin darme cuenta, de tanto moverme agitada por extraños, por confusos sueños y me he despertado helada y con un acceso de tos. Las largas noches aún son frescas, aunque el crepúsculo sea delicioso, cuando las flores del jardín exhalan su perfume y se siente la cercanía del estío. Te preguntarás qué he soñado. Me gustaría revelártelo ahora mismo, que estuvieras aquí, a mi lado, compartiendo este viejo lecho, entregarte un clavel y ceñir mis brazos a tu pescuezo, besar tu adorada cabeza, tu frente, tus párpados, tus mejillas, tus labios… ¡Oh! Este loco deseo si parece un sueño irrealizable, lo daría todo porque vinieras a disfrutar conmigo de la primavera en la granja de Meirás. Sí, estoy en Meirás estos días y no en La Coruña, en mi “Marineda”, he venido una semana para supervisar las obras de las torres, que parece que nunca fueran a terminar. Si estuvieras aquí seguro que tendría más ánimos y no me dejaría consumir por la astenia que me embarga, esta soledad antigua de hija única con la que me reencuentro aquí, en el norte.

 

     Si estuvieras aquí te cuidaría. Te gustaría esta casa, con sus paredes de piedra que devora la vegetación abundante, este jardín con el encantador follaje de los hibiscos y su hierba humedecida y los claveles que me gusta cortar cada mañana. Cuando me preocupo por ti, mi bien, me olvido de mi misma y de cualquier mal. ¡Soy tan feliz sabiendo que existes! A pesar de lo poco que tenemos en común… ¡Que poco tenemos en común! más allá de la pasión por las letras, somos una mujer gallega y un hombre canario que se encuentran en Madrid, eso somos. ¡Qué hermosa coincidencia habernos encontrado! De haber seguido cada uno en su tierra nunca nos habríamos conocido. ¡Cuando pienso en nuestra buena fortuna me siento tan dichosa!

 

     Emilia Pardo BazánEso pensaba la condesa de Pardo Bazán cuando alguien llamó a la puerta de la habitación tímidamente interrumpiendo sus reflexiones. La condesa se retocó los cabellos lanosos y estiró la colcha para cubrirse un poco más. La llamé hace un rato, protestó al ver la cabeza de la doncella que se asomaba por la puerta apenas abierta.  Pase, ordenó, ¿Podría abrir las ventanas? Por supuesto doña Emilia, respondió la doncella entrando en la suntuosa habitación, Con su permiso. Hace una mañana espléndida, comentó con su voz cantarina y algo nerviosa la doncella mientras descorría los cortinajes y abría las ventanas, Parece que va a hacer un día fabuloso. La claridad molestó al principio a doña Emilia, que se cubrió los ojos con sus manos. ¿Podría subirme el desayuno a la cama? No tengo muchos ánimos para levantarme aún, dijo, quiero permanecer en la cama un rato más pero tengo hambre. Por supuesto señora, ahora subiré con la bandeja.

 

     Esta noche he soñado contigo, pánfilo de mi corazón, y con tu isla, continúo la condesa dando rienda suelta a sus cavilaciones. Nunca quieres hablarme de las islas y eso hace que yo las sueñe, que corteje tu secreto, el voluptuoso piélago en tus ojos, tus ojos volcánicos. Se agita mi corazón, me hundo en un profundo desasosiego ante el mar de tus silencios. He buscado la encantada isla por los sueños, pero es como ver cercana la tierra de promisión y no poder alcanzarla nunca, jamás pisar sus fértiles valles. Cuánto más ocultas, más quiero saber de tus gentes, tus costumbres, tu isla. Ya sé que todo eso es muy chico, ¡me lo has repetido tantas veces! Pero también sé, que aunque no lo reconozcas, significa mucho para ti y por fuerza también ha de ser así para mi, como Galicia. No creas que a mi no me interesan las islas, si hasta me intereso por las noticias de lo que allí ocurre –que no parece ser demasiado, al menos según sugieren los periódicos-… Deberíamos emprender un viaje allí, a Canarias, a ese archipiélago del que casi nunca me hablas, lo quiero saber todo de ti, conocer esa ciudad de Las Palmas donde naciste, alcanzar tu origen. Concédeme ese deseo.

 

     A duras penas la doncella pudo llevar la pesada carga de la bandeja al cabo de un rato hasta la habitación de la condesa: un tazón de chocolate con nata, panecillos variados aún calientes, bizcochos, tarros de mermelada y miel, una tarrina de mantequilla y un frutero con fruta fresca más decorativa que apetecible, pensó doña Emilia que enseguida se dispuso a dar buena cuenta del desayuno, tomando los cubiertos y untando mantequilla sobre un panecilo que se le escurrió entre los dedos hasta el generoso escote. Doña Emilia miró a un lado y a otro buscando a la doncella, que intentó disimular que arreglaba algo en el tocador y se hizo la distraída aunque le dio tiempo a esbozar una sonrisa. ¡Pero que torpona me he levantado hoy! Protestó mientras retiraba el panecillo pringoso entre sus pechos, cogía la servilleta y se limpiaba también el camisón. Puede retirarse, mandó a la doncella. Esto nunca me había ocurrido, con los años una se vuelve medio inútil…

 

     Tiene buen apetito la señora esta mañana, pensó irónicamente la doncella mientras salía del dormitorio. Antes había simulado poner en orden alguna cosa mientras observaba de soslayo aquellos blancos y redondos brazos de su señora que iban a tropezar de un momento a otro con la abundancia de elementos de la bandeja, sus rollizos dedos…

 

     Doña Emilia llevaba media vida luchando contra el sobrepeso. Estoy a dieta aunque tengo buena salud, pero siempre he tenido estas formas rotundas, esta tendencia a engordar, como una buena ternera gallega, si hubiera nacido en otra época hubiera sido una hermosa musa de Rubens, pero en este infame tiempo, a pesar de los elogios de mis amantes, puedo ser la mofa de esa chusma de literatos (Valera, Clarín…) que me odian. Precisamente tenían que ser ellos, esos hombres horribles los que criticaran mi forma física, cuya semejanza con Adonis es más bien nula. ¿Qué le verán los hombres a esas muchachas escuálidas, con ese aspecto de delgadez enfermiza que tanto les gusta a algunos? Esta claro que no están dispuestos a buscar a una mujer a su altura, con la que enfrentarse de tú a tú, quieren poder tutelarlas, domarlas, someterlas, como un objeto más, como un elemento más al servicio de su placer. Y ni hablar de sus creaciones literarias sobre las mujeres.

 

     Benito Pérez GaldosAfortunadamente a ti, monín, te gusto tal y como soy.  Soy una mujer firme, pero cuando te escribo, cuando estoy contigo dudo… Soy una isla perdida. La necesidad de contar con la aprobación de su amado era algo que nunca le había ocurrido a la condesa con su marido. De hecho, en cuanto él la puso en la tesitura de tener que elegir entre su matrinonio y la literatura, ni siquiera lo había pensado un momento y lo mandó con viento fresco intentando provocar el menor escándalo posible –un enorme escándalo en la época-, aunque lo respetara, al fin y al cabo era el padre de sus hijos. Con Benito, porque su amante, el destinatario de sus primeros pensamientos del día y los últimos de la noche, el huésped de su corazón, no es otro que don Benito Pérez Galdós, el ilustre escritor, el genio de las letras, el autor de los Episodios Nacionales que tenían los sesos sorbidos a su hijo. A veces se sentía insatisfecha por la condescendencia de su amado, otras dudaba de su opinión generosa hacia sus escritos, pero casi siempre quedaba contenta con sus apreciaciones y sentía que era un enorme placer, además de la gran complicidad que tenían en la cama, tener con quien compartir sus inquietudes, con quien hablar sobre todo y nada. Su aire humilde, melancólico, lo convertía en el ser más adorable sobre la faz de la tierra a sus ojos. Saber que puedo cuidar de ti, no puedes ni imaginar la dicha que supone para mi.

 

     Me siento agitada por una inquietud esta mañana, rumia doña Emilia mientras continúa desayunando plácidamente, nadie nos enseña a soportar la ternura, el amor desbordante. Necesito sentirte cerca, hay momentos que pienso que si yo no te escribo, nunca te acuerdas de mi. ¡Ay! El amor necesita alimento, el amor no puede inventarse, porque nos amamos y nada más, a pesar de los errores que hemos tenido y las aventuras insignificantes. Nadie puede hacerte tan feliz como yo, quererte más, ni cuidarte mejor. Te lo daré todo y nunca te pediré nada… Pero hagamos ese viaje por el mar. Las islas deben ser un lugar propicio, un lugar donde por primera vez se aparece el amor, de una manera pura… Nunca he sentido lo que siento por ti y era tan dulce el viaje en mi sueño a esa lejana región insular, que mayor debe ser aún el goce de hacerlo despierta.

 

     Volvieron a llamar a la puerta de su habitación, serán los niños, pensó. No quería que la molestaran ahora, que se ocupara la nodriza. Era la doncella, Ha llegado el correo. Una carta que le han remitido desde La Coruña… Era una carta suya. La condesa destrozó el sobre con sus torpes y grasientos dedos para poder ver la letra que paseaba por los renglones del papel. Doña Emilia suspiró: tu querida letra es para mi como un beso desde el fondo del alma.

 

 

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Modificado por última vez en Jueves, 02 Marzo 2017 20:00