Viernes, 24 Febrero 2017
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PESCADORES DE GADES

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Fabio Carreiro Lago

 

 

PESCADORES DE GADES

(Mar de Canarias, S. I d.n.e.)

 

        Desde pequeño escuché hablar en mi casa de un archipiélago lejano, misterioso, le contó Lucio a Mario en un tono de confidencia. Setecientos mil pasos me decía mi padre que había, al menos, desde Gades hasta aquellas islas remotas que entonces pensaba eran sólo soñadas o se inventaba para mí. Mi padre tenía una imaginación portentosa, me decía: <<Frente a las costas de Mauretania, hijo mío, al sur se disponen unas afortunadas islas…>> Y después me contaba mil prodigios. La voz perdida de su padre aún resonaba en la cabeza de Lucio, como un talismán que siempre conservaba su vieja alegría, que le protegía frente al desaliento.

 

        ¿Recuerdas el nombre de alguna de las islas? Los ojos de Lucio brillaron con la dulzura del recuerdo. ¡Claro que recuerdo ciertos nombres!, respondió Lucio ante la pregunta que le lanzaba su amigo Mario con la imaginación excitada por su relato. Había una que se llamaba Ombrión y amigo mío, ¡que portento! tenía un lago en los montes, otra tenía por nombre Capraria, ¿A qué no adivinas por qué? Pues sí, se conocía por tener muchos lagartos y cabras, dijo Lucio sin dejar contestar a su amigo, de ahí su nombre, claro. Otra se llamaba Junonia y otra Nivaria, envuelta ésta en gasas de fría niebla, cubiertas de nieve sus blancas cumbres… Ahora no recuerdo todos los nombres, luego me vendrán seguramente. ¿Es cierto lo que he oído que en una de esas islas no hay más agua sino de la que llueve? Preguntó Mario con curiosidad. No sé donde habrás oído eso muchacho, pero tengo esa información por cierta y que en dicha isla, de nombre Pluvialia, recogen el agua preciosa en grandes estanques de piedra que han labrado sus antiguos pobladores. Lo que si te puedo contar es que en todas ellas abundan frutas y aves, palmeras y pinares, siluros en sus ríos. Donde hay ríos, puntualizó Mario esbozando una sonrisa. Donde hay ríos… Admitió Lucio. ¿Y hacia allí nos dirigimos? Inquirió Mario. Hacia allí vamos, respondió Lucio contemplando el mar plomizo que surcaban, donde refulgías manchas de sol.

 Islas 01

        Mario se había embarcado en la expedición de Lucio al día siguiente de llegar a Gades. Mario buscaba burlar el régimen jurídico al que estaba sometido como pescador, pero sobre todo conseguir fortuna y así poder desposarse con su amada Claudia que le esperaba en Carteia, de dónde él procedía. Como había que empezar de algún modo, intentó lograr un empleo del que le había hablado un anciano al que conoció en una taberna cercana al puerto. Lucio reclutaba hombres para una expedición, no del todo legal por decirlo de algún modo, en busca de nuevos enclaves donde aprovisionarse de púrpura con la que abastecer el mercado negro. Así se conocieron, cuando fue a su encuentro Mario para solicitar embarcar en su nave y participar en la expedición. Enseguida se tomaron una inmediata y mutua simpatía.

 

        Lucio tenía la bondad en su mirada y sus palabras y expresión ofrecían una mezcla de gran sentido del humor, ironía y confianza. Lucio no tenía hijos y veía en el joven Mario un hijo que pudo ser, de repente, porque lo ha pensado ahora, en mitad del trayecto, mientras avanzaba la nave sobre las aguas de un mar desconocido y la brisa marina le limpiaba el rostro. ¡Qué desgraciado había sido su matrimonio sin la alegría y la ilusión de los hijos! ¡Cuántos reproches y amarguras había soportado por esa carencia!

 

        Algunos de los nombres de los pueblos y ciudades donde habían fondeado en la ruta hacia las islas Purpurarias, que es así como conocían el archipiélago al que se dirigen, son casi impronunciables. Su última escala había sido la ciudad de Lixus, frente al océano. Mientras se alejaban, Lucio y Mario conversaban alegremente del pasado y de los sueños del futuro. De Lixus se cuentan fabulosas leyendas, dicen que aquí estuvo el palacio de Anteo y el Jardín de las Hespérides, pero tú mismo, querido Mario has podido comprobar que no queda nada de ese mítico bosque de oro…

 

Islas 03       Los pescadores somos los más fuertes de los hombres, dijo de repente Lucio, exhausto tras dar rienda suelta a su dorada fantasía, con los cabellos revueltos por el viento que soplaba embravecido. Somos los más fuertes y los más sufridores, porque no realizamos nuestra labor sobre tierra firme y nos movemos sobre el agua, inestables con nuestras frágiles embarcaciones, desamparados frente a la tempestad que siempre acecha, por eso estamos continuamente observando las nubes, las estrellas en la noche, los vuelos de las aves por los oscuros senderos de la mar. Ya lo decía mi padre: <<Somos los más valerosos porque no disponemos de refugio frente a los vientos, las lluvias, el frío o el calor, frente al salvaje mar. Y los pescadores debemos ser fuertes y ágiles para poder sacar a tierra, a nuestros barcos a los peces, y sabios y pacientes frente a ellos y amar el mar. Dime amigo Mario ¿Amas el mar? ¿Cómo prefieres pescar tú?

 

          ¿Me preguntas que si amo el mar? Si pudiera viviría en el mar, ¡bajo el agua incluso! Debe ser hermoso. Y de la pesca… Pues yo prefiero la pesca con anzuelo. Creo que es la más apropiada para los hombres libres aunque su preparación sea más difícil por todos los recursos que se necesitan, respondió Mario. Dices bien, admitió Lucio, pero convendrás conmigo en que la pesca con arpón es más varonil. Mario afirmó con un movimiento de cabeza. La pesca con nasa requiere de gran astucia pero es la pesca con veneno y corrales y sobre todo la pesca con redes la que proporciona más fortuna, que es al fin y al cabo lo que debe buscar un buen pescador, prosiguió Lucio, lo que debe buscar un pescador que quiera enriquecerse. Ambos sabemos que el mar es importante por los tesoros de peces y mariscos que guarda en sus aguas, poco importaría de lo contrario que el mar se evaporase, si no pudiéramos recoger la fortuna que nos brinda.

 

        El mar es un camino, el mar los entregaba a la fortuna. Pero tan lejos, en este mar todo es incierto, pensaba Lucio, como el tiempo que nos llevará en verdad alcanzar la isla, el archipiélago. Las velas orientadas para impulsarse por los buenos vientos alejaban al navío de la costa africana. En un cielo borroso se divisaba una sombra, una tierra fragmentada, diluida en el horizonte. Los últimos restos emergidos de la Atlántica, bromeó Lucio, aunque tal vez lo pensara en serio. Mario, de nuevo a su lado, a su derecha siempre, se reía. Nube, tierra o gigantesco monstruo marino aún no sabía el joven que les deparaba el enigmático destino. Una playa blanca, sin nombre, que nadie conocía ni había pisado aún y que no aparecía en ninguna cartografía les esperaba.

 

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Modificado por última vez en Jueves, 23 Febrero 2017 11:05